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El Dios de los inmigrantes
Jorge Pantelís
La Biblia empieza con una historia de inmigrantes, Adán y Eva, forzados a salir del huerto donde originalmente Dios los había puesto. Así empieza la peregrinación humana, fruto de nuestro pecado. Sin embargo, Dios nunca nos abandona. Al expulsarlos del Paraíso, Dios muestra su amor cubriendo con pieles a Adán y Eva. Así se muestra cómo Dios camina a nuestro lado, pese a nuestra desobediencia. Es el mismo pecado, estructuralmente organizado, el que crea injusticias y disparidad entre pueblos. Allí está la raíz de una gran parte de la inmigración. Pero más que nada es la historia de Abraham la que muestra a Dios como el Dios de los inmigrantes. Abraham fue un inmigrante que vino de tierra de caldeos a lo que hoy es Palestina. Dios lo llamó para iniciar su pueblo escogido. Tiempo después, encontramos la emigración masiva de israelitas que, por fuerza, salieron de Egipto. Allí fueron oprimidos argumentando que eran demasiado numerosos y que podían comprometer la seguridad del imperio egipcio. ¿Suena conocido? El éxodo muestra que Dios tomó partido por los esclavos. Dios los acompaña como pueblo inmigrante a la tierra prometida, a pesar de la resistencia y cuestionamiento del propio pueblo israelita y de las vicisitudes de la vida del inmigrante. Más adelante, los judíos evocarán la memoria del éxodo –paradigma por excelencia de quien es Dios– para mostrar justicia y misericordia con el extranjero: “Cuando algún extranjero se establezca en el país de ustedes, no lo traten mal. Al contrario, trátenlo como si fuera uno de ustedes mismos. Ámenlo como a ustedes mismos, porque también ustedes fueron extranjeros en Egipto” (Lev. 19:34). En un país de inmigrantes e hijos de inmigrantes como Estados Unidos, esto no necesita mayor comentario. El cautiverio en Babilonia es otro de los grandes momentos de la historia del pueblo de Israel en términos de inmigración. Lo mismo hay que decir del retorno de parte del pueblo judío a Palestina, primero bajo el imperio persa, luego el griego y finalmente el romano. Del cautiverio a la diáspora, del exilio a la inmigración, pero Dios nunca dejó desamparados a los suyos. En el Nuevo Testamento, continua la historia del Dios que en Cristo opta preferencialmente por los pobres, por los que Jesús llama “los más pequeños”, los que en este mundo tienen menos valor y son más vulnerables. Entre ellos están, ciertamente, los inmigrantes (Mateo 25:31-46; 11:4-6). No olvidemos que Jesús mismo empezó su vida como exiliado político, cuando sus padres lo llevaron a Egipto para escapar de la persecución de Herodes el Grande (Mateo 2:13-23). Posteriormente, a la muerte de éste, se instalaron en Galilea como refugiados, buscando seguridad. En la iglesia original, la incorporación de los gentiles, en una iglesia enteramente judía, constituye el hecho más importante. Esto constituye la inclusión de una etnia diferente, de pueblos de otras culturas y lenguas, de diferentes razas como eran los europeos. Los judaizantes querían que los gentiles conversos se convirtieran al judaísmo antes de ser admitidos en la iglesia. A pesar de sus esfuerzos, se impuso la convicción opuesta de aceptar a los gentiles sin condiciones. Así comenzó la diversidad étnica en la iglesia, que llevó a Pablo a decir: “Ya no hay judío ni griego; esclavo ni libre; hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). A esto está llamada la iglesia: a ser un anticipo de cómo Dios incluye a todo el mundo que tanto ama y por el que da a su Hijo unigénito, nuestro Señor. Para mayor información sobre el problema de la inmigración, visite http://www.umc-gbcs.org/site/pp.asp?c=fsJNK0PKJrH&b=861347
--Jorge Pantelís , Wheat Ridge CO
La identificación del artículo: 236
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